Esta nueva exposición que reúne a Véronique Lafont y a Viviana Guasch sigue una serie de encuentros inesperados entre una artista francesa de la galería y una artista vinculada por su historia y sus raíces con las culturas española y catalana.

Si Véronique Lafont (artista francesa que vive y trabaja en Borgoña – Francia) formó parte de la aventura de la galeria Dupressoir desde el principio, el encuentro con Viviana Guasch (artista Argentino-alemana) en su estudio en Vilanova i la Geltrú cerca de Barcelona fue algo más inesperado.

Cuando miramos los cuadros de Viviana y Véronique, nos damos cuenta de que la pintura todavía existe y es una muy buena noticia. A través de las obras de las dos artistas, se revela de manera espontánea, radiante y poderosa.

Una increíble riqueza de paletas une a estas dos artistas que no se conocían en absoluto. Como si hubiesen descubierto una fuente inagotable de colores en un lugar secreto.

Asimismo, nos pareció evidente asociarlas el tiempo de esta exposición-encuentro que llamamos “Policromía feliz”.
Decir que se parecen es obviamente reductivo. Lo que comparten es una relación exigente con el color. Lo que fascina es la forma en que trascienden con una gran libertad las infinitas posibilidades cromáticas mientras construyen universos pictóricos muy coherentes y armoniosos.

Lo llamativo de su trabajo respectivo es la forma que tienen de sacar de sus pigmentos una poesía visual que nuestra mirada entiende de manera instintiva. Reinventan el sentido de la belleza del mundo que nos sigue sorprendiendo cada vez que lo redescubrimos, a pesar de sus múltiples heridas.

Viajamos en paisajes al límite de la abstracción, como en una geografía sin fronteras que yuxtapone colores, inserta ritmo en las formas y nos invita a una contemplación sin restricciones, a imaginarnos otra realidad, sin contornos o perspectiva, solo una vaga impresión de horizonte, un recuerdo lejano de sotobosque o estanques extintos.

A Véronique Lafont le gusta decir que “colorea” cuando habla de su pintura. Este término lleno de malicia para la pintora evoca tanto el gesto aplicado como el deseo de vaciar su paleta de colores y la libertad inmoderada de llenar el espacio, en un desenfreno de energía y con mucha determinación.

Se nota que Véronique no se preserva en la creación de sus grandes lienzos. Este remolino colorido, este arcoíris ebrio nunca son de aturdimiento. Al contrario, todo evoca alegría, un movimiento perpetuo, una vibración, como el testimonio constante de un impulso vital que nada puede molestar. Es una falsa sensación de caos porque se domina el gesto.

Viviana Guasch evoca a menudo los lugares en los que vive, la naturaleza y el cosmos como fuentes de inspiración para su trabajo. Pero también el azar y la causalidad que invitan al artista a aceptar lo que surge como un regalo, una oportunidad para darle su toque. Pintar para ella es a la vez una aventura estética y espiritual, una forma de conectarse con el mundo para intentar ver en él algo y contarlo.

En ambas artistas están presentes las fuerzas elementales de la tierra y brotan en sus pinturas: el aliento del viento, el cielo cambiante, el agua, el mundo vegetal. Esta tenue frontera entre la abstracción y la figuración como una invitación a un viaje onírico sin propósito también refleja la gran madurez de estas dos artistas que exploran sin restricción y moderación lo que les impulsa.

Es una pintura que invita a la inmersión total sea cual sea el formato, una experiencia contemplativa de lo lleno, por lo tanto, de la plenitud, que absorbe, que también nos conecta visceralmente con el entorno natural.

Sin embargo, la práctica del color sigue siendo para Véronique Lafont y Viviana Guasch un ejercicio sutil en el que constantemente se arriesgan a la saturación. Esta abundancia es generosa como la naturaleza, que nos invita a ver sin contar si sabemos cómo mirarla.